FOBIAS ESCOLARES

 

Decimos que un niño sufre de "fobia escolar" cuando el temor que le inspira el colegio es sostenido durante un período importante de tiempo, tornándose incapacitante e interfiriendo con el normal desarrollo de sus actividades cotidianas. El temor, aparentemente irracional, lleva al niño a desplegar una serie de conductas sintomáticas destinadas a evitar el contacto con aquello que lo genera: la escuela, sus docentes, sus compañeros, etc.

 

Es importante poder reconocer algunos síntomas típicos de esta alteración. El niño se niega a asistir al colegio, aduce dolores o enfermedades y, si es obligado a concurrir, frecuentemente despliega una batería de comportamientos que pueden ser confundidos con un berrinche (llanto, pataleo, etc.). Además, clínicamente, la fobia escolar puede presentarse acompañada o anticipada por síntomas orgánicos como dolores de cabeza, de estómago, vómitos, trastornos del sueño, pérdida del apetito, taquicardia, mareos, etc., que desaparecen si el niño no concurre a la escuela y permanece en el hogar.

 

Posibles causas

 

Si la fobia está en directa relación con la escuela, habrá que entender y discriminar qué cuestiones de la vivencia escolar aparecen como perturbadoras:

 


• Si tiene que ver con las relaciones sociales (con la maestra, con los compañeros, con el personal)


• Si está en exclusiva relación con las exigencias curriculares (no poder seguir el ritmo de aprendizaje del grupo)


• Si se trata de una escasa motivación, de niveles madurativos bajos en relación a la adquisición de los aprendizajes, etc.

 

Si, por el contrario, los síntomas aparecen en el hogar, ligados a las cuestiones escolares, habrá que rastrear las exigencias paternas, del grupo familiar y sus valores y modelos culturales:

 
• Si son desmedidos en relación al rendimiento,


• Si no poseen flexibilidad y se estancan rígidamente, generando el miedo del niño a no estar a la altura de lo que se espera de él.

 

Otra posibilidad tiene que ver con la sobreprotección de los padres y la relación inmediata entre la ansiedad materna y las respuestas de ansiedad del niño, dificultando su desenvolvimiento y puesta en juego de recursos socio-intelectuales defensivos.

 

Otras posibilidades son aquellas ligadas a acontecimientos puntuales: la separación de los padres, la muerte o enfermedad de alguien significativo para el niño, situaciones de violencia hogareña por las que el niño intenta permanecer todo el tiempo en la casa para proteger a uno de los padres, etc.

 

Con respecto a situaciones traumáticas, se debe indagar la existencia de algún hecho ocurrido en la escuela que pudiera haber despertado el terror en el niño: cambio reciente de escuela, un compañero especialmente agresivo, amenazas que el niño calla, posibilidad de abuso sexual, experiencias de discriminación por parte de personal o compañeros, etc.

 

Señales de alerta

 

La fobia escolar puede confundirse con otro tipo de patologías. Principalmente, hay que poder diferenciarla de la ansiedad por separación, que se presenta generalmente en niños más pequeños, sin experiencia escolar o de guardería, y responde a la dificultad de separarse de la madre o de otras figuras significativas. Este estado de ansiedad cede con intervenciones oportunas provenientes del ámbito escolar (por ejemplo, propuestas seductoras por parte de la institución), o tomando en cuenta los tiempos y modalidades adaptativas del niño y sus padres a la nueva realidad. Por ejemplo, implementando períodos de adaptación con tiempos cortos y en aumento gradual.

 

Los padres deben prestar atención a la aparición de los síntomas, porque son los que nos van a permitir diagnosticar el problema y solucionarlo:

 

• Si aparecen en la casa junto con los preparativos de la escuela,


• Si disminuyen o aumentan al llegar al colegio o al volver al hogar,


• Si se dan en relación al trayecto y se alivian en la escuela, etc.

 

Este recorrido nos indicará el camino de las posibles causas, definiendo el ámbito y los actores.

 

En estos casos, lo ideal es la consulta a un profesional idóneo, que pueda ayudar a comprender el problema y a tratarlo, apoyando al pequeño y orientando a la familia y a los maestros en cuanto a las formas específicas de abordaje de ese niño y su problema.

 

Pero antes que nada, lo aconsejable es descartar la sintomatología física (erradicar los dolores o descomposturas orgánicos), despejar la existencia de situaciones traumáticas, conocer las modalidades de enseñanza-aprendizaje de la escuela para detectar las dificultades y desajustes en el proceso, y descartar desniveles madurativos o diagnósticos de retraso.