SONAMBULISMO

 

 

Secuencia de comportamientos complejos ocurridos durante el sueño, generalmente en el primer tercio de la noche. Se ha calculado que un 15% de los niños han sido sonámbulos alguna vez, aunque muy raramente antes de los cinco años de edad. La mayoría de sonámbulos lo son entre los diez y los catorce años, y a partir de esa edad normalmente el trastorno disminuye, desapareciendo finalmente, aunque en la vida adulta continua afectando aproximadamente a un 2% de sujetos.

 

Se caracteriza por breves episodios de actividad motora que aparece normalmente durante el sueño de ondas lentas, casi siempre en el primer tercio de la noche. Un episodio típico se inicia con movimientos corporales que pueden llevar al sujeto a sentarse en la cama de una forma brusca e incluso levantarse y comenzar a deambular. El sonámbulo mantiene los ojos abiertos y fijos, siendo capaz de inspeccionar el ambiente evitando de esta forma los objetos encontrados a su paso, aunque existe el riesgo de que se caiga por una escalera o por una ventana. El sujeto puede llegar a levantar las sábanas de forma automática o reajustar la almohada antes de levantarse de la cama y ponerse a caminar, puede llegar a vestirse, abrir las puertas y ventanas, salir de la casa, alimentarse o realizar tareas de higiene personal. Ocasionalmente, el sujeto puede hablar, aunque su articulación es muy pobre, limitándose a una simple murmuración.

 

La duración de un episodio puede ir desde un minuto hasta más de media hora, y su frecuencia puede ser de hasta varios episodios por semana. A menos que se le despierte durante dicho episodio, no recordará nada al día siguiente, e incluso se sorprenderá por lo que haya podido realizar. El episodio de sonambulismo puede terminar de diferentes formas: en ocasiones, el niño después de sentarse en la cama y realizar movimientos repetitivos, se acuesta y continua durmiendo normalmente; otras veces, el sujeto se despierta mostrando un estado de desorientación durante unos instantes; en otras ocasiones, el niño puede deambular por la casa y terminar acostándose en otro lugar sin recordarlo a la mañana siguiente.

 

El trastorno puede durar varios años y aunque no provoque ninguna alteración comportamental ni predisponga a otras patologías, si los episodios se producen de forma frecuente, se puede generar una preocupación familiar y una alteración de las relaciones interpersonales.

 

Los episodios comienzan en la mayoría de los casos entre los 4 y 8 años, alcanzando su máxima frecuencia a los 12 años y desapareciendo espontáneamente sobre los 15 años. Esta parasomnia se distribuye por igual entre hombres y mujeres y su prevalencia parece estar entre el 1 y el 5 por 100 de los niños (aunque del 10 al 30 por 100 de la población infantil parece haber tenido al menos un episodio de sonambulismo).

 

             La presencia del sonambulismo en un niño no presupone problemas o trastornos emocionales. Desde luego es cierto que el 81 % de los adultos sonámbulos consideran que ante una situación de mayor estrés y tensión aumenta la probabilidad de que se presente un episodio de sonambulismo. En lo que a niños se refiere, esto no parece ser tan frecuente aunque los que tienen una predisposición genética al sonambulismo probablemente lo manifestarán en épocas de exámenes o en otras circunstancias estresoras.

 

             ¿Qué se puede hacer?

 

Lo que realmente ayuda es establecer una rutina relajada y agradable antes de ir a dormir. Esto es especialmente cierto para aquellos niños en los cuales el estrés es un factor o desencadenante importante. Todo tipo de tratamientos han sido utilizados para combatir el sonambulismo persistente. Los episodios aislados de sonambulismo no deben ser motivo de preocupación, pero si se repiten con cierta frecuencia es aconsejable acudir a un especialista. El abordaje terapéutico incluye fármacos, la reestructuración de hábitos y la reorganización de aspectos relativos al sueño como lugar físico, medidas especiales, etc., así como la psicoterapia. Al igual que con los terrores nocturnos, los fármacos más eficaces son las benzodiacepinas, que actúan reduciendo la fase 4 del sueño y reduciendo también el número de cambios de una fase a otra. El uso de este tipo de fármacos durante un periodo de tiempo largo no es recomendable, pero a corto plazo, son muy eficaces.

 

             Existen otros métodos que han sido utilizados por la gente a lo largo del tiempo. Un padre en un último intento desesperado por frenar el sonambulismo de su hijo, le ató a la cama, pero el niño profundamente dormido, deshizo los nudos y se levanto como si nada. En otro, más recomendable, una abuela tejió una manta bordada con dibujos para su nieta, y le dijo a la niña que se trataba de una manta mágica que le enviaban las hadas para que no se levantara en sueños. Desde aquel día la niña nunca más fue sonámbula.