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Problemas a la hora de acostarse
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PROBLEMAS A LA HORA DE ACOSTARSE

 

 

            Pasar una noche en blanco es soportable si sólo ocurre de vez en cuando. Un niño que no duerme y llora porque le duele el oído es motivo de preocupación y de cansancio para sus padres. Pero los sentimientos de estos cambian radicalmente con el niño que se niega a acostarse o que se despierta noche tras noche y semana tras semana.

 

            El rasgo más característico de tener un hijo con trastornos del sueño, y el que más agobia, debilita y desborda a los padres, es su inevitable persistencia. Los trastornos del sueño permanentes se manifiestan de diferentes formas:

 

v  Dificultades relacionadas con el hecho mismo de ir a dormir.

v  Niños que despiertan a sus padres repetidas veces durante la noche.

v  Niños que despiertan a sus padres muy temprano por la mañana.

v   

Cada niño puede presentar una, dos o incluso las tres alteraciones juntas.

 

            Un estudio realizado en 1980, con ciento veinticuatro niños cuyos patrones del sueño eran fuente de problemas para los padres, reveló que un 35% de los niños se negaban a acostarse antes de que sus padres lo hicieran. A consecuencia de ello, las continuas llamadas de un niño pidiendo agua, el sonido de sus pasos en el pasillo, y los gritos llamando a su madre o a su padre, pueden ser de lo más molesto.

 

            Hay niños que se niegan en rotundo a irse a la cama y protestan ruidosamente cuando sus padres les obligan a hacerlo. Algunas veces este negativismo sólo se da con uno de los padres, mientras que con el otro, el niño no protesta. Otra posibilidad es la del niño que se acuesta sin plantear problemas, pero justo cuando la madre o el padre salen de su habitación arma un gran escándalo. Incluso puede darse el caso de niños que insisten en realizar una serie de rituales antes de acostarse, rituales que pueden durar bastante tiempo y con los cuales se sienten más seguros y protegidos. Otros niños insisten en tener las luces encendidas, y si aceptan tenerlas apagadas quieren que la puerta este abierta en un ángulo determinado, las ventanas abiertas y las cortinas descorridas o al revés, o bien desean ordenar los juguetes en una determinada posición.

 

            No es necesario impedir estas exigencias obsesivas, a menos que puedan derivar en una situación fuera de todo control. Simplemente son cosas que contribuyen a que el niño se sienta más seguro, y no son infrecuentes los casos de niños que durante los primeros meses después de ingresar en un internado, se llevan consigo un juguete o un muñeco favorito que les reconforta y les recuerda el hogar. No hay nada malo en ello, y con el tiempo dejaran de hacerlo.

 

            El niño realmente problema es el que comienza a llorar y a gritar cada vez que uno de sus padres sale de su habitación. Tradicionalmente el consejo dado para afrontar estas situaciones ha sido el de mantenerse firme. Quizás sea uno de los aspectos que más controversia suscita. Mientras para algunos padres y médicos la única solución es esta, para otros es una alternativa que nunca funciona. Pero lo más probable es que la verdad se sitúe en el punto intermedio entre estos dos puntos. Si cuando la madre sale de la habitación el niño se queja, lloriquea y finalmente se da la vuelta y se duerme, no existe ningún problema, pero si en lugar de esto unos padres ansiosos corren a ver que ocurre al niño cuando éste empieza a llorar, entonces es muy probable que el niño no conciba el sueño y que se cree, innecesariamente, un problema.

 

            El doctor Benjamin Spock, aconseja en su obra Baby and child care, que lo más sensato cuando un niño empieza a llorar es salir de su habitación y no volver a entrar. Afirma que incluso hay que mostrarse muy firme con el niño de dos años de edad que se baja de la cuna una vez acostado en ella. En opinión del doctor Spock este tipo de estrategias funcionan, y aunque al principio el llanto del niño aumente, al cabo de tres o cuatro noches el problema desaparece.

 

            Efectivamente funciona en algunos casos y puede resultar eficaz para los problemas relacionados con el acotarse y el despertar nocturno. Merece la pena intentar este remedio, ya que cuando se obtienen resultados positivos, éstos son bastantes rápidos, aunque durante varias noches seguidas uno tenga que oír y aguantar el persistente llanto de un niño. Además por lo general, puede conocerse las probabilidades de éxito al cabo de una o dos noches. La primera noche que no se le hace caso, el niño muy probablemente llorará durante unos treinta minutos y finalmente caerá dormido. Si todo funciona como es debido, el llanto de la noche siguiente tendrá una duración menor. Transcurrida una semana, el niño habrá aprendido que es inútil llorar, que no consigue nada con ello, y el problema se habrá resuelto.

 

            Un problema respecto al método anterior es que muchos especialistas han aconsejado a padres la utilización del mismo como si fuera el único que existe, provocando, si el método fracasaba, que los padres se sintieran inútiles e incapaces. Existen muchas razones por las que esta técnica puede fracasar. Por ejemplo puede resultar difícil y poco práctico llevarla a cabo en una familia que vive en un piso de dimensiones reducidas, de paredes delgadas y todavía más si va en contra de los instintos naturales de los padres. Dicho método tendría más posibilidades de éxito en aquellas situaciones en las cuales son los padres los que han condicionado el trastorno del sueño.

 

            Una cuestión fundamental al abordar los trastornos del sueño es la de actuar del modo que uno considera adecuado y correcto.

 

            Hay padres que intentan otros métodos. Algunos se sientan tranquilamente con el niño y esperan hasta que se duerma, luego lo cogen en brazos con mucho cuidado y haciendo el mínimo ruido posible lo llevan a su habitación, con el resultado final de que justo en el momento de meter al niño en la cama éste se despierta. Otros prueban los paseos en coche con el mismo resultado a la hora de meterlos en la cama.

 

            El niño que únicamente se tranquiliza y duerme con uno de los padres está  manipulando deliberadamente la situación y puede provocar resentimiento y desasosiego entre ellos, incluso sentimientos de celos. Al contrario de lo que sucede con otras alteraciones del sueño, en este caso en particular, se puede analizar y sus causas históricas pueden ser descubiertas. En muchas familias el padre regresa a casa del trabajo poco antes de que el niño se vaya a dormir, y después de no haberlo visto en todo el día, empiezan a jugar con bastante alboroto hasta que entra la madre anunciando que ha llegado la hora de irse a la cama. El niño querrá que sea el padre el que lo lleve a la cama y no la madre. La madre puede sentirse resentida por el hecho de cuidarlo todo el día, lavarlo, cocinar, etc. y que luego no la quiera ni ver.

 

Y si sucede al revés, si solo quiere ir a la cama con la madre, el padre pensará que no esta compartiendo muchos aspectos de la interacción con su hijo.